Tunxi, Huangshan, Guilin, Yangshou, el río Li

Guilin

Tunxi (o Huangshan city), 24 de julio


Terminé Demonios. Grandiosa la última parte, grandioso ese imprevisible desenlace.
Bajamos de Tangkou esta mañana. Terminamos de mal humor: el olor del dinero fácil bajo las narices de algunos taxistas, hoteleros, etc., crea situaciones cabreantes. Cosas del hecho de viajar.
Todavía las piernas acusan los miles de peldaños de ayer. Hoy viajamos separados, miro por la ventana, observo las caras a mi alrededor, los búfalos en el río, los campesinos, con el agua hasta la rodilla, laborando el arroz. Al salir de una curva el autobús pierde el control y empieza a bambolearse de un lado a otro de la carretera aproximándose peligrosamente a un talud que termina cien metros más allá en el río. Se detiene aparatosamente en el borde. No hay reventón, después de un largo rato nos ponemos en marcha a una muy discreta velocidad.






Es hermoso mirar el paisaje durante horas y horas mientras uno se aleja camino de no sé sabe qué. Berta no pierde el tiempo, también le da para enamorarse, aunque ahora lo tiene más crudo porque las chinas son con mucho más interesantes que ellos. Son gente francamente afectiva y tratable, lástima que nuestros sistemas de comunicación sean incompatibles. Hemos hecho algún esfuerzo por aprender chino pero su estructura tonal (una misma sílaba la entonan de cinco maneras diferentes, dando como resultado cinco significados distintos) y nuestro deficiente oído lo hacen verdaderamente difícil.





Tunxi, 25 de julio


Una estrecha abertura entre las dos cortinas proyecta un ángulo de luz sobre el techo, las sombras de los viandantes, los coches o los rickshaw se mueven en lo alto en una realidad paralela como si se tratara de un eslabón entre el sueño y la vigilia. Estamos en un tercer piso. Me despierto, observo los elementos de esta habitación, escucho el ruido motorizado, aparatoso que sube de la calle, el siseo del aire acondicionado. Recuerdo una habitación de un hotel de Génova que describí en mi primera novela, la sensación de estar viendo lo que me rodea como desde un segundo plano de la conciencia, percibiendo la habitación a través de mi cuerpo de músculos doloridos, de laxitud activa, de expectativa pasiva, como alguien que tuviera todo el cuerpo amortajado y mirara a través de una pequeña abertura blanca. El cuerpo inmovilizado, la vista describiendo lentos círculos a su alrededor.








Tengo necesidad de ir al baño, pero temo perder el hilo de las sensaciones. Claridad de mañana en un remoto hotel en busca de esos pequeños y repletos tiempos de la vida que quedaron varados en algún lugar esperando el momento preciso, la laxitud de una mañana de tráfico como hoy para resucitar. El colegio, todo lo relacionado con mi profesión, puede desaparecer. No me interesa. Mi yo tiene poco que ver con ese mundo en este instante. Prefiero la cercanía de ese otro yo que anduvo por Italia, el de las largas experiencias solitarias por los montes y caminos de Europa. Se me aparece como lo genuino de mí mismo. Y la memoria se recrea ahora en ciertas truchas escabechadas al final de una Alta Ruta de Gredos, dulce borrachera que me llevó como en volandas por la carretera de Gredos hasta cerca de Avila; las montañas, a veces una playa, el mar, los campos, los grillos de las cercanías de Nuestra Señora de Guadalupe. Mi yo asoma en la memoria de todo esto brillante como los ojos de un gato en la oscuridad. Como un grito la voz va de roca en roca, se hunde en la niebla, la oigo multiplicarse en un eco formidable de soledad plena.

El yo que tengo delante amedrenta al que mira en la penumbra lechosa del amanecer la realidad de hoy, lo mira condescendiente pensando que acaso lo que le queda por delante será por fuerza realidad atenuada, descafeinada. Por eso debo seguir hablando de la plenitud de las sensaciones, de las indescriptibles posibilidades de la naturaleza, del espíritu, llamado a la plenitud desde las mediocres redes de lo cotidiano  que arrastra y convierte las esencias en materia gris y triste. Me llamo a mí mismo.
Tiro del hilo de las sensaciones, no quiero que se me escurran hacia la luz del día, vuelvo a aquel día de invierno de las truchas escabechadas regadas con vino rosado, los esquís, la noche, el frío, el esplendor tenue del amanecer. No importa que aquello no fuera exactamente como lo recuerdo hoy, lo que fuera dio lugar al esplendor del recuerdo, es la imagen de aquello lo que hoy cuenta. Hay instantes en la vida que dejan rastros poderosos en nosotros. Caminamos, vivimos y de vez en cuando nos hacemos visionarios. El tiempo hizo madurar el pasado. Un haz de luz atraviesa el espacio de la mañana y la luz empasta los recuerdos y las sensaciones.





Huangshan-Guilin, 26 de julio


De nuevo en el tren. Hemos dormido a pierna suelta cinco horas. El paisaje es una sucesión ininterrumpida de cultivos de arroz, pinos, pequeños lagos y bucólicas lomas.
Anochece, los rostros sonrientes de Huangshan se han vuelto adustos y reticentes en este vagón de tren en que nos ha tocado viajar. Esta gente ha cambiado mucho. Llama la atención la naturalidad con que escupen en el suelo, echan los esputos entre los asientos o tiran los restos de comida, cuencos llenos de arroz y restos de pollo, al andén de la estación. La policía nos advierte en dos ocasiones sobre la posibilidad de robos nocturnos. Hay unos individuos al lado que no me gustan, miran, intento mantener la mirada pero me ganan. Es una mirada de brutos.
El paisaje agrícola de esta parte del país es muy bello. La luz espejea en la superficie achocolatada de los cultivos inundados; en el ajedrezado de los cultivos reina el verde brillante del arroz tierno.
Llegamos a Guilin a las 4:30 de la mañana después de veintiséis horas de viaje. Demoramos una hora buscando hotel.





Yangshou, 27 de julio


Yangshou, en las cercanías de la conocida Guilin (esplendoroso espectáculos de pináculos calcáreos reinando sobre el sur de China). Vemos casi por primera vez turistas extranjeros a trochi moche. No importa, el paisaje merece aunque haya que pasar por el trago. Por la mañana hemos dado muchas vueltas tratando de huir de toda clase de vendedores, hasta dar por fin con lo que queríamos. Hemos alquilado un barco para el atardecer, que nos va a llevar río arriba para encontrarnos con el crepúsculo de hoy, navegaremos solos. Para mañana trataremos de encontrar otro que esté dispuesto a salir a las cuatro de la mañana para poder ver amanecer en el río. Un barco para dos personas en medio de estos parajes es con mucho un sueño.





Remontando el río Li, 28 de julio

Salimos en plena noche, el espectáculo y el ambiente son magníficos, los picachos alrededor del río sobresalen entre la niebla; largas hilachas grises cruzan las sombras de estos atrevidos riscos.
Al mediodía la luz se hace plana y los pináculos pierden el esplendor de la madrugada.
La saturación de lo bello. La belleza del paisaje parece perder algo de su encanto en la reiteración de sus formas, bellas pero similares y reiterativas.






Tren Guilin -Kunmin, 30 de julio


Llevamos cuatro horas de viaje, en el aire flota el sopor de una humanidad sudante. Hacemos hueco en el pasillo para los macutos y nos dedicamos a prepararnos para el viaje de día y medio en las peores circunstancias. Retiro el Marco Polo de la tapa del macuto y busco la manera de hacerme un asiento aceptable con las botas en lo alto. Hay que hacerse fuertes para mantener las posiciones: gente de todo tipo carga por el pasillo arrastrando bultos y paquetes cada vez que el tren se detiene. No les queda más remedio que abrirse paso entre las carnes de los pasajeros ya firmes en sus sitios. En el hacinamiento de esta mañana una pareja de pasajeros nos ofrece vendernos sus asientos, regateamos, no llegamos a un acuerdo, el precio que piden es similar al costo de los billetes. Nos vamos colocando, no se está mal. Espalda contra espalda me sumerjo en El libro de las maravillas. Sudamos como pollos. Empiezan a pasar los carritos con las viandas del desayuno, las bandejas se tambalean por encima de nuestras cabezas y un chorro de caldo oscuro y pringoso cae como lluvia sobre mi cabeza y sobre el libro. El trasiego es continuo, se vende de todo: frituras, helados, bebidas, arroz, fideos... Una gallina cacarea metida en una saca.





El tren arranca una vez más, la masa humana, apretujada carne contra carne, semeja un perolo dispuesto para el guiso. De pronto se levanta un tumulto de voces y movimiento en el fondo del vagón; sobre ellos se alza la voz autoritaria de un individuo de grandes dimensiones. En su mano derecha, en alto, rozando el techo, lleva una pistola; con la izquierda empuja a otros dos individuos esposados. Su determinación no admite réplica, con el dedo en el gatillo de la pistola pasa amenazante abriéndose paso a empujones entre todo este gentío.
Transcurren muchas horas. El tren sube muy lentamente entre las montañas. Hoy no hay posibilidad de moverse, los vendedores no serían capaces de atravesar esta masa humana; así que ni siquiera el refrigerio de un té: quietitos, leer, descansar, cambiar ligeramente de postura y esperar que no entren ganas de ir al váter. Después de la parafernalia de la primera hora ya se puede mirar apaciblemente por la ventana. Medio vagón dormita envuelto en un sopor pegajoso y acre. Se ven pasar campos de maíz y arroz. Turú turú, turú turú.





Viajamos en apretada humanidad, humanidad en el más primitivo de los sentidos. Hoy no hay mucha diferencia entre el hombre de  Neanderthal y muchos de los pasajeros de este tren; manifestaciones elementales, comer, beber, evacuar, sudar; cambian la ropa y algunos usos, el medio de transporte, pero en esencia el hombre es el mismo de diez mil años atrás. Con un poco más de espacio del que disponemos en este vagón la gente se recompone y hace de sí un pájaro más estirado y vistoso, pero la esencia de su ser parece no ser muy diferente a la de sus ancenstro. Imagino al bruto de entonces muy similar al bruto de hoy. Tengo sentado por encima de mi cuaderno a uno de ellos: abre las piernas, aclara la traquea, el esófago, los intestinos, y deposita con estruendo el resultado -un conglomerado inmundo de viscosidades de diferente color y forma- en el suelo; las salpicaduras alcanzan a todos los pasajeros próximos; después tapa un agujero de la nariz con la mano y vuelve a repetir la operación, los mocos salen disparados esparcidos por el suelo entre las piernas de los viajeros. A continuación pela unos huevos cocidos: al suelo las cáscaras. Lo que nos separa del hombre primitivo no es el tiempo, es la civilización, la cultura.



Kunming, Dali, Lijiang

Kunming-Dali, 3 de agosto

Kunming
Emoción nueva la de desplegar un mapa y adentrarse por rutas marcadas por delgadas líneas y pequeños pueblos. La ruta está jalonada de grandes ríos míticos: Mekong, Yangtse, Bramaputra. En esta región los tres ríos se aprietan entre angostos valles para dirigirse después a océanos diferentes. En el mapa aparecen indicaciones de montañas que oscilan entre los cinco y los siete mil metros. Son líneas insignificantes que suben desde la provincia de Yunnan a la meseta del Tíbet. La cartografía es somera.
De pronto el viaje se ha hecho apasionadamente atractivo, lo desconocido, las levísimas indicaciones, la falta de datos en las guías, la presumible grandiosidad y soledad de estas tierras llaman nuestra atención como no lo hicieron quizás otros viajes. El Tíbet, y más por esta ruta que no se describe en ninguno de los libros que consultamos hasta ahora, siempre fue una palabra mágicas que albergaba en su interior un mundo desconocido que ni siquiera buenos libros ilustrados muestran. Habrá que ir hasta allí para ver qué es todo aquello; de la misma manera hubo que pisar por primera vez el desierto o la vasta belleza de la Patagonia y los Andes para saber en qué consistían aquellas tierras.  Es un privilegio desplegar el mapa de China encima de la cama y posar un dedo en un punto e ir siguiendo el trazo por donde la imaginación o el color del fondo te lleven, y convertir así en días sucesivos ese trazo del dedo en un viaje apasionante lleno de las cosas que más te gustan de este mundo.
Encendemos la televisión para oír las noticias en inglés de la CCTV 4 y aparecen inundaciones por varias partes del país; recordamos el relato de Vikram Seth, Desde el lago del cielo, Viajes por Sinkiang, Tíbet y Nepal (un mes para cruzar desde la línea férrea de Urunqi, al norte del desierto de Taklamakan, hasta la capital de Tibet. Muchos interrogantes que aumentan por el hecho de que no tengamos información sobre los posibles medios de transporte. Ello sin el asunto de la policía porque, pese a las indicaciones de la guía, no nos hemos preocupado hasta ahora por los permisos. Ya veremos. Así pues clima de expectación con un ligero estado de nerviosismo. Mientras iniciamos este cambio de sentido de nuestro viaje hacia el norte, Dali y Lijiang son nuestros objetivos inmediatos.






 

 Lijiang, 4 de agosto

En la encrucijada de los grandes ríos. Las guías describen como grandiosos los accesos al Tíbet por el sur y como anodinos y caros los del este, desde Chengdú. Queda pues preguntar en las comisarias y hacer gestiones en las agencias de viajes. La información es escasa, en esta época parece que hacia el norte y noroeste la ruta está barrida por continuas inundaciones. Me resisto a dejar de lado el esplendor de la regiones de Sangri-La, al noroeste de la provincia de Yunnan, junto a Deqen.
Llevamos muchos días excesivamente ocupados. Berta debe tener una infección en la garganta, guarda cama. Quizás deberíamos aprovechar para descansar aquí un tiempo. El lugar es barato y lindo, el pueblo de Lijiang es un joya. Contrasta con el medio rural que hemos atravesado hasta ahora, casi siempre rudimentario y plano.
Marco Polo es un hombre muy aburrido y reiterativo, ando despistado con la lectura.


Lijiang, 5 de agosto


Día de descanso. Berta se quedó en la cama, mañana de safari fotográfico. Buenas fotografías, calles estrechas, rostros de niños y viejos para mi cámara.
Parece que Tíbet queda para otra ocasión. Inundaciones, permisos y excesivo presupuesto: demasiadas dificultades.







Todo se mueve a nuestro alrededor. La apariencia de inmovilidad que las relaciones atraviesan durante años seguidos ¾cómo sentimos al otro, lo que percibimos de él y de su undo¾ se rompe un día; lo que era fijo y estable, de golpe, como si despertara de una hibernación, se agita y cambia de aspecto, se produce la muda. Nosotros nos agitamos también. ¿De dónde nació esa muda, esa agitación?  ¿Será que toda inmovilidad lleva en sí el germen de la conmoción? Si aplico estas cosas a otros miembros de la familia: mi padre, mis hermanos, Mary, las hermanas de Berta, puedo encontrar allí el germen de otros movimientos míos. Todos parece que tengamos capacidad de producir determinado grado de perturbación en los otros.






Ahora es el recuerdo de nuestros hijos el que nos cuestiona. ¿No consiste en esto una buena parte de la vida? La agitación de uno mismo como producto del balanceo, del movimiento de los otros. Corrientes y contracorrientes, mareas, empuje de olas, la depresión en un desplazamiento de aguas, las crestas llenas de espuma y reflejos.
Y la desaparición de las distancias cuando algo importante nos llama desde el otro lado del mundo. Las urgencias de Rodrigo por partir, en este instante en Calcuta en la institución Madre Teresa, mi propia urgencia cuando en el año ochenta y cuatro, tras cincuenta días de viaje solitario por India, se me precipitó el deseo de volver a casa. El agua se mueve intranquila; alrededor, despertamos con la sensación de la marcha, con la idea de que hay que ahogar la distancia con la presencia inequívoca de lo otro. Y el síndrome del retorno y la mezcla de los deseos y los cometidos. Y desde lejos la voz que ya no puede dejar de oírse, el reclamo permanente en el azul del cielo: la playa de la espera desierta y expectante.






Datos de geografía humana. Estamos esperando la comida al aire libre, cuando al otro lado del canal que divide la calle veo a un anciano de largas barbas blancas; se lava, acuclillado junto al agua, con mucha calma las manos, sus dedos largos y sarmentosos,; su paraguas, negro, queda reposado en una cercana columna de piedra. Es uno de esos retratos que veo de antemano sobre la pantalla de proyección. Tomo la cámara y el zoom, saco mi chuleta de chino (la traducción: ¿Puedo hacerle una fotografía?), cruzo el canal y me acuclillo junto al anciano mostrándole mi chuleta de hacer retratos. La lee y luego me observa detenidamente, me dice con una voz clara y suave: Where are you from? Le contesto en chino: xi ban yá. Me encuentro ante el gesto mesurado y apacible de un anciano culto. Intercambiamos unas pocas frases, me recrimina por mi mal inglés. Me siento contrariado por la manera en que he abordado a este hombre, la del que se dirige a una mente más débil que la propia, con la blandura del hábito de quien solicita un favor que casi es un ruego. Habla un inglés correcto y pausado ¿Por qué quiere hacerme precisamente a mí una foto?, dice. Mi reacción es meramente convencional, doy un par de explicaciones banales, me disculpo por mi mal inglés y entonces se dirige a mí en francés... pero ya estoy metido en mi papel de fotógrafo a la caza de un retrato valioso, me desentiendo groseramente de las palabras del anciano para centrarme en la luz y la expresión de su rostro. Encuadro un primerísimo plano desde los ojos hasta el principio de la barba, después trato de centrar en ellos el enfoque más amplio pero el zoom no termina de fijar la distancia, me disculpo, hago un enfoque manual y plaf, se acabó. Me sobreviene un ataque de timidez, le doy las gracias precipitadamente y, nada más. Es como si una fuerza moral muy superior a mí se me hubiera impuesto y me hubiera dejado sin recursos.






Los tratados de geografía dividen a los seres humanos en categorías basadas en diferencias físicas. Kaplan resaltaba la mayor cercanía que hay hoy entre personas del mismo estrato cultural o social, un vecino de Islamabad de clase media está más cerca de otro de Chicago o de Legazpi que de su vecino de los bazares de Rawalpindi; igualmente el paria de Calcuta puede sentirse más próximo de aquellos de los ghettos de algunas ciudades de los Estados Unidos, que de sus propios vecinos de profesiones liberales.
Otra forma de clasificación me la sugiere el breve contacto con este anciano; el factor de diferenciación sería el grado mayor o menor de conciencia que tenemos los individuos respecto a la realidad propia y circundante; las personas que tienen una conciencia global de la realidad, de la vida, frente a los que escasamente se hicieron planteamientos de este tipo a lo largo de su existencia. Del primitivismo a una conciencia elaborada. Los que hacen el mundo y lo empujan y los que siguen como la procesionaria el camino elaborado por otros.
Tuve la sensación de que este anciano ocupa un grado alto en esta escala de la conciencia. Lo vi volver diez minutos después caminando ausente, apoyado sobre su largo paraguas negro; pasó entre el gentío y desapareció por una bocacalle lateral.
Luego fotografié a otro viejo, me sorprendió su mirada sin brillo. Después a un hombre maduro que apilaba leña en un carro junto a un precioso fondo, el revoque estropeado de arcilla de una fachada; se negó rotundamente a ser fotografiado. Un momento después volví con unas monedas en la mano; así sí; hice dos o tres tomas.
Lo del Tíbet se nos está poniendo muy complicado, nos dicen que el viaje en taxi puede durar diez días y ello con las expectativas de que pueda ser mucho más por las inundaciones y los desplazamientos de tierra. La otra entrada al Tíbet por Golmud es fea y cara, mas de veinticinco mil pesetas cada billete de autobús. No sabemos, el tiempo vuela, los transportes aquí se hacen lentos, de momento vamos a explorar la garganta del Yangtse, dos días andando por caminos bastante salvajes, después iremos hacia el límite con el Tíbet hacia una zona franqueadas de montañas que rondan los 7000 metros.








Lijiang, 6 de agosto

 Asistimos a un concierto de música naxi. La mayoría de los componentes son ancianos, gente que ha vivido mucho, cierran los ojos, parecen ausentes de esta fiesta musical. ¿Qué hay en la cabeza de estos hombres que han vivido tanto? ¿Cómo será ser anciano y ver al público mientras se tañe uno de estos instrumentos de cuerda? Tener tan cerca estos hombres y mujeres me proporciona un espectáculo de rostros que puedo mirar a placer desde la primera fila. Canción de la siembra del arroz, se titula el tema que suena ahora.



Lijiang, 7 de agosto

 Eran dos parejas de franceses, con ellos viajan seis niños. La mujer más joven, que habla español: “los niños son hijos míos, él es mi amigo”. Esta defensa del son mi hijos, enfrentar la vida desde la decidida toma de posición del yo ante el otro.

La reconcentrada expresión de los ancianos de ayer frente a sus instrumentos. La vida reducida, centrada en la sensibilidad inmediata de lo que nos rodea, el espacio físico, la casa, las personas, unas cuantas intuiciones que orientan la vida en la sencillez y en el acercamiento a cierta autenticidad, lejos de la numerosas trampas que tiende el mundo actual.
Alquilamos un coche para visitar un templo budista, después cambiamos planes y nos dirigimos a una montaña que se alzaba bellamente sobre el valle. Me sorprendió un cansancio extenuante después de tres o cuatro horas de camino; cuando me senté a descansar no era capaz de levantarme. En la bajada había pasado a través de una nube de avispas, unas avispas mucho más gruesas de las que conocemos y que no llegué a distinguir bien bajo el shock de las picaduras. ¡No pases, no pases!, le gritaba a Berta mientras trata de librarme desesperadamente de las avispas que se arremolinaban en mi cabeza. Corrí locamente hasta que estas desaparecieron. Mi cabeza se llenó inmediatamente de bultos, tenía un intensísimo dolor en el cuero cabelludo. Vacié sobre la arcilla del camino el agua que me quedaba e hice una masa de barro que me apliqué abundantemente sobre la cabeza. La impresión primera fue terrible. Se cuentan tantas historias de avispas... Me puse muy nervioso, poco después me empezaron a picar desesperadamente los pies. Había que bajar deprisa, podía haber complicaciones. A medio camino estaba exhausto. Berta cayó varias veces resbalando sobre un barro muy escurridizo. Paramos junto a un riachuelo, entonces empezó a picarme el cuerpo entero, todo la piel se me llenó de vistosos granitos que pedían ser rascados con toda la fuerza posible. Era incapaz de dejar de rascarme. También estaba mareado. Se juntó probablemente todo: cinco horas de marcha con el estómago vacío, la falta de entrenamiento, la situación provocada por las avispas.
Por la tarde conectamos por fin con nuestros hijos mediante un chat, tan rudimentario por entonces. Era una alegría infantil la de ver saltar las líneas sobre la pantalla del ordenador, toda una magnífica broma de festiva espontaneidad. Rodrigo respondía desde Calcuta, Micaela desde nuestra casa en Madrid, y nuestro primogénito desde Cork, en Irlanda.
Dormí pesadamente; cuando desperté prácticamente todos mis males del día anterior habían desaparecido. A la una nos fuimos para Zhongdian.
Una cuestión del día anterior. Esos monjes budista que encontramos al pie de nuestra ascensión, aburridos, ese aspecto de vulgaridad ¾que me parece¾, merodeando ellos sin cometido alrededor del taxi. Las pocas veces que hemos visto monjes me produjeron siempre una sensación de que hay algo que no cuadra con las lecturas que he hecho sobre budismo: ritos maquinales, venta de la liturgia, aspecto distraído, mendigos de aspecto vulgar.






En el Karakórum, Pakistán

Puente colgante sobre el río Hudra

Sost, 26 de agosto 


Amigable encuentro con las primeras gentes de Pakistán. Fotografiamos filas de camiones, esa algarabía de colores y colgaduras que hacen de un vehículo una fiesta. Un grupo de camioneros que ha montado un chiringuito entre dos camiones nos hace señas para que nos acerquemos. Tomamos unas fotos, nos invitan a té, nos descalzamos, entramos en el corro. Hay más de diez personas, pasamos un buen rato intentando comunicarnos pequeñas cosas a través de un breve frases-book de urdu que aparece en la guía.
El autobús de hoy parecía ya un hogar después de dos días de viaje en él. La noche anterior fue el paisaje salvaje desfilando bajo la luna llena después de la larga espera del socavón del puente, los continuos incidentes por desprendimientos o arrasamiento de la carretera por el barro y las piedras, el bronco tronar del río, el paisaje desfilando misterioso y ambiguo bajo la claridad lechosa que llegaba de la luna atravesando la niebla; el viaje tenía mucho de sueño y pesadilla.







Y a las cinco de la mañana un hotel fantasmal en medio del camino. Un profundo sueño de tres horas y vuelta a la carretera, áridas montañas que se levantan a ambos lados de la carretera miles de metros por encima de nosotros, glaciares, niebla jugando sobre la vastedad de un paisaje marrón. De tanto en tanto surgen pequeños espacios de verde, camellos, borriquillos, gentes afanadas en desplazar de aquí para allá enseres y pesados fardos.






Después del Kunjerab Pass la carretera atraviesa un paisaje bien diferente, paisaje agreste y nada bucólico; sigue en las cercanías del cauce del río un valle jalonado de empinadas laderas por encima de las cuales descuellan picos afilados rodeados de glaciares. Las laderas, herrumbrosas y agrestes, son hermosas, brillan las pizarras, crecen pequeñas plantas como repollos entre las pedreras, estratos claros cruzan las laderas oscuras, las aristas suben zigzagueando entre los espolones hasta perderse en la niebla o estrellarse con la clara majestad de las montañas del fondo.
En una curva la carretera se remansa, frente a un escenario de picos de rigor alpino, todos mucho más altos que los gigantes de los Alpes, aparecen un poblado de casuchas transitado por multitud de curiosos, cuyo único cometido parece que fuera entretener el tiempo paseando de un lado a otro de la calle. Estamos en Sost.




Otro asunto: dejamos China después de dos meses, la dejamos con gusto en busca de otras maneras y otras gentes. Creo que de aquí en adelante nos vamos a sentir todavía mejor. Cambio de gentes, cambio de comida, distinto modo de mirar la vida, más informalidad. Una de las primeras cosas que hoy nos llamó la atención fue un afecto y simpatía extraordinarios por parte de la gente. No vemos ni una sola mujer en toda la tarde.

Un rasgo: la naturalidad; la observo, la aprecio. ¿Qué aspectos de la naturalidad son innatos, qué parte se debe a la educación, a la tipología del carácter de cada uno, a la confianza en uno mismo? El tímido no ceja en querer racionalizar esta chocante, a veces, naturalidad de los otros en relación a la propia dificultad para encajar con suavidad sus relaciones con el mundo. También está la tendencia a refugiarse en uno mismo; se desplaza el peso hacia dentro y como miembros plegados excesivo tiempo sobre sí, el ponerlos en movimiento requiere tiempo y voluntad.


Passu, 27 de agosto 


Pegamos la hebra con dos checos y un japonés. Una marcha de unas pocas horas. Dos enormes puentes colgantes suspendidos sobre la corriente achocolatada del caudaloso río Hudra. Un bonito paseo, un largo cambio de impresiones con una catalana sobre montañas y Nepal, una larga conversación con un estudiante de medicina japonés: un día majo. Valle abajo hay conflictos, problemas de abastecimiento de gasolina, parece que han quemado una comisaría.
Se hizo de noche, nuestra ventana da a un huerto lleno de flores; tras la cortina de plantas, al otro lado del río Hunza, se elevan atrevidas crestas de granito.









 

Kharimabad, 28 de agosto 


Paseo por el valle que sube al Utar II, una mole de hielo en forma de badila increíblemente vertical. Perdimos el camino varias veces, el lugar de acceso, a la derecha, era un canal que corre horizontalmente por medio de una pared vertical. El agua baja con fuerza y llega más arriba de la rodilla. Nos dimos la vuelta enseguida. La guía aconseja entrar en el canal, el borde es espectacular, un palmo y medio cayendo rigurosamente vertical hasta el fondo del valle.
Hacemos el resto del día a la sombra de un gran sauce. Duermo como un bendito una siesta de tres horas frente al espectáculo grandioso de los glaciares que constelan una de las derivaciones de la columna vertebral del Karakoram. Esperamos hasta el atardecer, las cumbres se doran a lo lejos, la mole del Utar, sobre nosotros, es un  espectáculo de hielo y nieve desplomándose vertical sobre el valle.












Astor- Skardú, 29 al 31 de agosto

Hacíamos la ruta del Karakorum, al norte del Pakistán, un territorio que en aquellos días se disputaban India y Pakistán. Tratábamos de alcanzar la localidad de Skardú, al norte del Nanga Parbat, partiendo de Astor; dos o tres días de viaje en todo terreno a través de los salvajes valles del Himalaya que se levantan a las orillas del río Indo. En una camioneta desvencijada superaremos en cuatro horas la primera parte del valle. Más arriba seremos veintidós personas en un jeep; el camino será a veces una senda, en otras una pisa excesivamente inclinada hacia el vacío. En algún momento aparece la imponente mole del Nanga Parbat envuelta en grandes cumulonimbos. Paisaje adusto, polvoriento, siempre laderas desmesuradas a ambos lados del valle. Empotrado contra las barras de hierro de la caja del jeep y con los pies inmovilizados en un reducido espacio, hago complicados esfuerzos para poder hacer alguna toma. El rostro de Berta, sobresaliendo entre un montón de rostros morenos y viriles, ofrece una interesante perspectiva para mi cámara; frente a mi objetivo desfilan los rostros de los otros pasajeros. Miro todo esto como si me estuviera comiendo un gran plato de vida; la sensación de una cotidianidad inaugurada ya en los días en que viajamos por el norte la provincia de Yunnan, al sur de China. Viajar y dejar vagar la mente por el universo temático que me trae la mañana, se convierte en una preciosa experiencia. Viajar ya no son las montañas, este gentío enlatado en un vehículo que en cualquier momento puede precipitarse montaña abajo, son las conexiones que mi cerebro crea, una extraña mezcla en la que me sumerjo y que llena mi cuerpo de sensaciones intensas. Pienso en Guillermo, en este momento trabajando en Irlanda, imagino su cuartucho rebosante de los cuadernitos de sus diarios, unos junto a otros, como los años de la vida; lleno de los sonidos barrocos de Bach y sus conmilitones; sonidos que hoy se me antojan, desde aquí, en los confines de estas montañas que me rodean, entrañables. ¡Qué ganas de volar a Irlanda! Entre zarandeo y zarandeo, las barras de hierro del jeep clavadas en los glúteos, una nube de polvo envolviendo a esta masa humana (calculo 22 personas, a 70 kg./por unidad humana, siete por dos catorce, me llevo una, siete por dos catorce y una quince; mil quinientos cuarenta kilos más el equipaje. No está mal para un coche que no supera el largo corriente de un turismo. A veces la pendiente hace que todos nos vayamos de narices hacia adelante o atrás, a punto de salir despedidos por encima de la cabina. Sigo calculando ¿Qué densidad será esta, 21 tíos y una tía de pie embutidos en una caja de hierro rebosante y saltante que no debe de sobrepasar el metro cuadrado?); entre zarandeo y zarandeo, decía (¡esto de los paréntesis...!) recuerdo a la Gorda, mi hija, me digo que cuando nos encontremos en Delhi sí voy a tener que darle un buen abrazo (crac, crac, craccrac); me hacen sonreír recuerdos livianos, cómo las relaciones cotidianas de aparente simplicidad son recordadas con especial ternura. La Gorda llorona que desde el 0,7 % (un tiempo de reivindicación acampados en la Castellana) hasta nuestros días sigue todavía algo despistada, pero que poquito a poquito le va hincando los piños a la vida. Me hacen sonreír los caminos inescrutables hacia donde van derivando últimamente sus inquietudes.








El jeep se inclina peligrosamente hacia el abismo del río, marrón, ensordecedor, tengo miedo, se bambolea, a un palmo de la rueda veo el río cien o doscientos metros mas abajo ¿A qué altura estará el centro de gravedad de este cacharro con tonelada y media de carne humana continuamente moviéndose a ambos lados como un velero en día de viento? Calculo la inclinación que debe tomar para que todo se vaya al garete. A veces me parece que es cosa de suerte, ni siquiera tendríamos el honor de aparecer en la prensa. Como además estoy en la parte más peligrosa, aunque cayéramos en un miserable talud tendría encima esa tonelada y media de carne (crac, crac, crac, todos los huesos al carajo, estrujaditos, hechos añicos). En el traqueteo del jeep muchas de mis divagaciones tienen contornos de preguntas, mi hijo Mario tiene forma de admiración e interrogación. Una esperanza, hermosa esperanza campea en torno a esta familia de cinco mientras el polvo, el cielo, la montaña, el río terrible, abiertas sus fauces como si se pudiera tragar toda la vida en un visto y no visto, gorjea y ruge en el fondo; mientras, de entre las cabezas de barbudos pakistaníes veo aparecer de vez en cuando la cabeza de Berta, hoy con las gafas de sol que nuestro ultimogénito ganó en cierto concurso radiofónico.






Un alto en el camino para tomar un refrigerio. Un toldo y té para todo el que quiera tomar algo caliente. El río, oscuro y pastoso, ruge ensordecedor en el fondo de un cortado, doscientos o trescientos metros más abajo de la pista. Sobre el borde del talud hay montada una tirolina que sirve para abastecer de agua a los viajeros. El sistema recuerda a los cangilones de una noria. Hacemos turno para tirar de la cuerda y llenar nuestras cantimploras con el agua-chocolate del río. La probamos, no está mal. Ya lo dice el refrán: allá donde fueres haz lo que vieres. En esta parte del mundo no hay un chiringuito donde se pueda comprar una botella de agua mineral.

Chilin Gha. Las dificultades para entendernos con las gentes del lugar y la caradura del propietario de un todoterreno provocan esta tarde mi mal humor. Quedamos abandonados en una pequeña aldea al arbitrio del conductor, que deberá atender un buen puñado de asuntos antes de que podamos continuar viaje. Así que nos solazamos junto a un río, cuatro casuchas al lado, alguna de ellas “hoteles” (eso dice un ostentoso cartel colocado en la parte superior de la puerta). Después averiguaríamos que había dos posibilidades hoteleras, una, el hotel, consistente en una larga habitación ocupada en sus dos tercios por una alta tarima sobre la que hay extendidas esterillas y en donde pueden dormir hasta treinta personas, y dos, un cuchitril que apesta a humedad. Nuestro poco sentido de la sociabilidad hizo que nos decantáramos por éste último; una reducida estancia con una esterilla en el suelo, eso era todo; ni siquiera un pequeño ventanuco.






Por la tarde departimos con el militar responsable del campamento que ocupa el pueblo en su totalidad. Nos invita a té, está encantado de tener a unos viajeros con los que departir. La guerra con India en esta parte de la frontera puede en cualquier momento convertir la zona en un polvorín. Mirando aquel miserable campamento, a uno le parece la guerra un juego de mal gusto entre unos pocos paranoicos.

Al día siguiente el paisaje se suaviza y se llena de prados y laderas salpicas de terrazas donde apunta algún cultivo; mujeres trabajando en los campos, borriquillos cargados de hierba que son conducidos por niños o ancianos. Nos cruzamos con jeeps rebosantes de pasajeros, todos de pie sobre la caja. Saco alguna toma filtrada por el polvo espeso de la pista. Recuerdo la cara sorprendida de tres escolares uniformados de corbata y camisa a rayas rojas y blancas; su pulcritud contrasta con el ambiente de la calle, adultos sucios y de pelos enmarañados que se quitan las legañas en un par de grifos públicos. Sus uniformes en un lugar así parecen dar dignidad a la escuela.





Es extrema la fraternidad entre los hombres. ¿Qué hay detrás de este universo de hombres agarrados de la mano que uno ve de continuo en lugares donde tan difícil es ver una mujer? ¿Fraternizados por mor de las circunstancias? ¿Qué son realmente las mujeres para estos hombres? ¿Y las mujeres, qué hay en la cabeza de todas estas niñas, jóvenes, madres, ancianas? Adivino que en su caso ni siquiera sumisión al destino, pájaros que nacidos en una jaula acaso no hayan desarrollado siquiera la capacidad de someterse, porque las cosas no son de otra manera que así. Es extremosamente triste pensar en las mujeres cuando se viaja por esta parte de Pakistán.

Valle arriba del río Hunza, la grandeza y la vastedad descarnada del paisaje me hicieron volver a sentir esa inmensa pequeñez del tiempo que duran nuestras vidas. Las montañas se levantan, se abren grandes tajos por efecto de la erosión, miles de años, los valles se elevan con sus anchas capas de sedimentos, que son cortados de nuevo por la violencia y la perseverancia de los ríos; quedan al descubierto las entrañas de la tierra, que durmieron miles, millones de años antes de ser rajadas por el rumor cantarín del agua. Y mientras, la vegetación inunda los valles se agosta, desaparece; la geología manda, la tierra se convulsiona, los glaciares vuelven a crecer y vuelven a dejar para espectáculo de milenios después la señal de su paso en las morrenas. Y el hombre, de pie sobre un canto rodado, orgulloso, creador de cultura y dioses eternos ve achicarse su orgullo hasta el punto cercano a la nada. La pequeñez, la extrema insignificancia de un hombre en medio de estos valles, de la historia que mana de las inmensas pedreras, de los sedimentos, de las cumbres por doquier, es indecible.

Nuestro hotel, una tarima tres palmos sobre el suelo, lecho común para todos los huéspedes. Cuando ya no se puede leer fuera entramos, hay tres o cuatro personas desperdigadas, una hace los rezos de la tarde, dos discuten, se turnan la alfombrilla de los rezos, encienden la televisión, sirven té con leche, entran militares con cara de frío. En la televisión parlotea una mujer, Berta comenta que para ver mujeres pakistaníes hay que encender la tele.

Leo a Torrente Ballester, el local se ha llenado de gente; formamos dos filas; nosotros ocupamos un banco y, enfrente, en la tarima toma asiento un grupo numeroso de hombres; ven una comedia pakistaní que copia los esquema ya universales de los culebrones con risas de fondo cada dos o tres palabras. Miro sus ojos, la mirada de esta gente es vivaz, despierta, hay una sonrisa permanente mientras miran el televisor. La mismidad se extiende como una mancha de aceite por todo el planeta.

Los modelos de vida. La apisonadora de nuestro modelo es un corsé para la percepción, siempre intenta ubicar otros modos en la órbita de sus propias concepciones. Viviendo de cerca las condiciones de vida de la gente me siento estos días más próximo a comprender la heterogeneidad; los parámetros en los que la gente vive, se quiere, come o fornica. Esa visión cuasi geológica representa un elemento más de compresión de la liviandad de nuestra existencia.

Aquella noche dormimos en nuestro hotel particular. A nuestro lado el posadero roncaba como el demonio. Un individuo que ejercía las funciones de encargado de la oficina de correos; la “posada” donde dormimos era la dependencia principal de esa oficina.

El trayecto del día posterior: tierra de osos y viento. Recogemos por el camino a un niño con el oído destrozado. Su padre lo lleva al hospital en nuestro jeep, no parecen tener nada más que lo puesto, aceptan sin rechistar toda la comida que les pasamos durante el camino. Le proporcionamos algunos antibióticos.






Nuestro viaje termina en Skardú, una remota y polvorienta ciudad en los confines del país lindando con Cachemira. Una larga calle polvorienta encajonada entre grandes montañas, y una ancha llanura fluvial por donde discurren los numerosos brazos del río. Un agradable motivo fotográfico para mi cámara cuando caiga la tarde.