Tibet, un camino entre las nubes


Baiselan, 8 de agosto


La temperatura cambia. En Kunming desaparecieron el aire acondicionado y los ventiladores, En Zhongdian las camas están equipadas con mantas eléctricas. Tuvimos que comprarnos dos gruesos jerseys. Subimos hacia el Tíbet. Estamos a tres horas de Deqen. Sería lindo poder subir desde aquí a Lasha y después a Nepal o Pakistán. Siete días, nos dicen algunos, en camión, quizás algún taxi.
El paisaje se hace agreste e impresionante, pequeñas terrazas escalonadas de maíz se agarran a las laderas como en precario equilibrio; los ríos son caudalosos y espesos. La carretera de tierra y la pendiente obliga a un viaje extremadamente lento y traqueteante.




Kawa Karpo, pico Meili, Deqen, 9 de agosto


De hoy conservo, además de ese tono muscular que tanto me gusta, la sensación agradable de los rostros que hemos ido encontrando por el camino: la humildad y afectividad de una monja budista, un chaval al que fotografié junto a su caballo y que me miraba intrigado como preguntando ¿y por qué a mí?; la gente del templo.
La luz del día va cediendo, desde la ventana se ven las montañas envueltas en nubes; y asomándose algo más al alféizar la actividad de la calle: comerciantes, industrias y talleres diversos, obreros de la construcción, mendigos profesionales. Berta lee a mi lado Six american stories. Me siento las piernas, me gusta sentir mis piernas; y este relajo después del esfuerzo de esta mañana, y la presencia de esos retratos que coleccioné hoy. La mañana estaba nublada, pero salir de noche antes del alba a escrutar la naturaleza siempre tiene un atractivo especial; en este caso fueron los azules y las hilachas de niebla del Meili sobre el fondo de los mandalas y la sucesión de templos escrupulosamente blancos; los precipicios volcados por cientos de metros hacia el cauce achocolatado  del río Mekong.





A las ocho de la mañana una larga fila de caballos transportaban a un puñado de turistas camino del glaciar, nos quedamos atrás, subimos pausadamente por un bosque muy bello. Una hora y media después apareció un túmulo de piedras sobre el cual resplandecía  la blancura del glaciar. Un poco más arriba el templo, los aldeanos arreglando las monturas de los caballos, unos pocos curiosos que nos miran con simpatía.
Y el día se acaba y no tengo ganas de leer pero sí una maravillosa flojera en los miembros. Disfruto de esta escritura como si fuera otro el que lo está escribiendo y yo, relajadamente, fuera leyendo esas letras  que esa mano y ese brazo van trazando. Y mientras escribo esto recuerdo el rostro de la monja, metido su cuerpo en los harapos, sosteniendo el largo bastón de los peregrinos. Y es difícil echar cuentas sobre estas cosas del budismo, porque lo que vemos, a base de sabido, pero ahora visto, entrevisto, en algunos lugares de China, al no comprender, al venir de otro mundo, al pensar como pensamos y verlo desde el lado profano, todo esto no parece mucho más que esos rituales que observamos frecuentemente en muchas iglesias: fetichismo, superstición, ignorancia. Hablo desde la apariencia externa: poco, muy poco de lo que  puede desprenderse de los textos budistas clásicos. Aún así debe haber una diferencia notable entre los monjes, determinados monjes y las gentes que vemos en los templos; Los que vemos mendigar por las calles de Deqen tienen el aspecto embrutecido de la gente dispersa de los caminos por los que nos vamos cruzando en nuestro viaje. Si las ideas de Buda tienen un base firme y un desarrollo que ha resistido el peso de los siglos, el modo en cómo se plasma esta filosofía hoy, aquí, parece tener un débil hilo conductor con ellas. Quizás convendría también recordar la distancia que hay entre el Jesús del Evangelio y la parafernalia de la catolicidad. ¿Se secan las fuentes con los siglos? ¿Lo genuino se hace artificioso y mecánico al extenderse a las masas? ¿Qué queda en esto que vemos de los textos fundamentales de la cultura clásica China: el I Ching, Buda, Lao Tse, Chang Zhou, Confucio?


Río Mekong



Me desperté con sensación de postración: la gripe, el cansancio como consecuencia de nuestra nula preparación física... Me he repuesto algo con un vaso de leche caliente y una buena siesta bajo la manta. Atardece, el cielo está encapotado: nada de sunset, nada de sunrise para mañana tampoco, nos vamos para Zhongdian después de este fallido intento de recorrer las montañas de Sangri-La. Desde allí recuperaremos el camino hacia el norte. Una ruta de montañas de la que esperamos mucho.




Benzilan, 10 de agosto

 

Llovió por la noche, el cielo de las siete de la mañana está cruzado por una espesa niebla. Niebla, vaivén, traqueteo, pequeños claros entre las montañas que nos asoman a un paisaje salvaje e íntegro. Valles profundos que se pierden en algún gran río. La pista se embarra, encontramos en sentido contrario una larga fila de camiones hundidos en el barro. 
Tras una hora de forcejeos, van saliendo moviéndose como borrachos de un lado a otro de una pista cenagosa que se precipita inmediatamente en un vacío de más de mil metros de desnivel. Por turnos se van poniendo en marcha el resto de los camiones; es necesario seguir las huellas del primer vehículo para no quedar enfangados en el barro. Durante muchos kilómetros viajamos a paso de hombre, es un barro espeso y profundo; siempre sorteando el precipicio; la montaña sigue cubierta de niebla.  No logro imaginar como puede ser esto en invierno.





Me duermo a ratos, estirado y retozón como un rajá en esta joya de autobús cama. Un invento que debería adoptar el resto del planeta. Privilegio de viaje éste una vez acostumbrado el cuerpo al susto del precipicio permanente a medio metro de la ventanilla: montañas, montañas, valles, ríos desfilando a la altura de mi cara mientras dormito apaciblemente mecido por el traqueteo y el bronco movimiento del autobús. Un par de horas antes de llegar a Zhondiang el paisaje se dulcifica, aparecen los prados, los cultivos escalonados, un lago...
En la estación de autobuses nos indican que necesitamos un permiso de la policía para seguir la ruta de Litang-Chengdú. Dos horas nos llevó conseguir el permiso, lo que constituye una proeza al no haber intermediarios que hablaran inglés.
Así que después de todo volvemos hacia el norte, un camino todavía incierto que atraviesa entre las altas montañas. Hacia el este el mapa señala una cumbre de 7655 metros (!!!). Mañana entraremos en la provincia de Sichuan. Después de ver como estaban las carreteras, después de las lluvias no puedo imaginar qué pueden ser estos caminos de tierra en los próximos días. No sabemos qué significan unas delgadas líneas sobre el mapa, más delgadas que en ninguno de los trayectos anteriores. Tampoco sabemos si tendremos combinación de transporte más adelante, todo es un interrogante.
En el mejor hotel de la ciudad, novecientos yuanes la noche, no tienen ni idea de qué es eso de Internet; tampoco hablan inglés, tampoco cambian dinero.





Zhondiang, 11 de agosto


Estación de autobuses. Niebla baja, llueve, un autobús de carrocería alta muy preparado para caminos malos, no muchos viajeros. Me produce inquietud este viaje; llovió toda la noche; ¿cómo estará la carretera? Tenemos los dos primeros asientos. Esta sensación de hoy tiene cierto parecido a los momentos previos a las ascensiones difíciles de montaña de hace treinta años. Me gusta esta clase de vida, de caminos intransitables, de barro, de niebla, de incertidumbre, de rutas alejadas del turismo, de no saber a ciencia cierta donde comeré o donde dormiré hoy. Sólo me falta disponer de un rincón a la tarde con grandes ventanas sobre los bosques donde pueda leer y mirar el paisaje, y pensar en la nada maravillosa del mundo. Este mundo limitado, pero pleno de infinitos rincones y valles que todavía podremos explorar por un buen puñado de años.




Camino de Litang. La pista tiene algo más de cuatro metros de ancho, en sentido contrario hay un camión averiado, cinco hombres meten la cabeza en el motor, llueve apaciblemente, los hilachos de niebla van y vienen por las laderas boscosas, en el barro de la pista se forman regueros color tabaco claro, Berta lee a Lermontov. Salgo a curiosear (antes tengo que escalar un montón de sacos y equipaje para llegar a la puerta), hago algunas fotos. Dos horas más tarde nos ponemos en marcha.

Xiangcheng. El día se convirtió en la mejor jornada de viaje desde que salimos de Madrid. Doce horas de autobús, más de la mitad del camino la pista es un camino de bosque, ríos caudalosos y espesos, montañas entrevistas tras los rasgones de niebla, de vez en cuando algunas casas miserables a la vera. Viajamos con tibetanos de piel oscura y aspecto primario; durante el viaje dormitan, en algunos momentos cantan, las voces se van sumando hasta que el autobús en pleno entona temas que parecen tener carácter religioso. Cuando pasa bajo las banderitas que señalan el paso de algunos collados, todos se levantan de sus asientos, los dormidos se incorporan,  y profieren chillidos agudos y palabras ininteligibles. Pasan interminablemente las cuentas de un rosario o recitan largas plegarias entre dientes.






Durante el camino están los ritos de vaciar la vejiga, llenar el depósito del agua del radiador y parar a comer. El paisaje se desliza a nuestro lado dócil y bucólico en esta primera parte del viaje.
Después de la comida el autobús toma altura, el paisaje se hace entonces solemne, aparecen picos imponentes entre la niebla, los valles se hunden frondosos en una profundidad que pone los pelos de punta. ¡Es tan insignificante esta pista, apenas una línea imperceptible entre la inmensidad de las montañas! Atravesamos valles enteros que conservan los restos de un fuego devastador; junto al testimonio de los esqueletos color betún de los troncos empieza a desarrollarse una abundante vegetación de superficie.





Hacia el final de la tarde la pista empieza a precipitarse lentamente en un  valle donde por primera vez en el día vemos algunas casas; pequeñas terrazas bajan por un plano que es cruzado por un río violento y espumoso; de él nos separa un precipicio del que no se ve el fondo. La carretera termina poniéndose al mismo nivel que los campos de maíz. Más abajo, al salir de una curva, una pequeña multitud se agrupa en la carretera y sus alrededores: día de mercado. Enseguida encontramos un tipo de construcción nuevo, su forma básica es una pirámide truncada. En los muros asoman filas regulares de ventanas adornadas con filigranas de madera pintada. Las casas salpican un valle en donde abundan las terrazas cultivadas, al fondo siempre corre el río, ahora con una anchura respetable.



Nos hospedamos a treinta metros de la parada del autobús. Mañana partiremos a las seis y media de la madrugada hacia el siguiente destino.
La colección de fotografías va creciendo y creciendo: rostros de la gente con la que viajamos y paisajes especialmente hermosos que aparecen inesperadamente tras una curva o un recodo del valle. El viaje en sí se hace tan intenso que apenas los pensamientos tienen otro lugar en que posarse.







Litang, 12 de agosto

 

Mi cansancio hoy es múltiple. Llevamos cuarenta y cinco días viajando sin parar. Los problemas con la vejiga, siempre pendiente de las paradas que a veces no llegan; cansancio físico (aún anda la gripe por ahí); cansancio de gente, fue ayer, cuando nos encontramos todos aquellos hombres y mujeres oscuros y sucios apiñados en las calles cuando empecé a darme cuenta  de este cansancio, su aspecto echaba para atrás, producían un cierto temor, el autobús iba lleno de ellos también; cansancio, saturación de fotografías, parece como si fuera a sobrar la mitad del material expuesto, demasiado monje mugriento. Esta tarde me repelía la sola idea de pensar en sacar un retrato.





Esperábamos poder descansar aquí, buscábamos un lugar agradable y tranquilo, allá, entre las montañas, pero es otro comedero de mierda. Me estoy haciendo muy sensible a la suciedad (término excesivamente suave cuando se refiere a los váteres en este lugar del mundo). Ayer, por ejemplo, me dio risa encontrar el peor cagadero del viaje, un cagadero compartido por el hotel y la estación de autobuses, pero hoy ya no me dio risa, me produce repulsión, es un lugar irrespirable donde no es posible plantar los pies sin ponerse de mierda hasta el cuello. No queremos saber nada de este lugar, nos vamos. Llegamos por la tarde y partimos nuevamente a las cuatro de la mañana, otro viajecito de quince horas. En Kangding sí parece que las cosas puedan mejorar.





En cualquier modo lo más relevante es la gente, me recuerdan a los indios de Bolivia. Es triste pero es así, esta gente repesenta una parte sustancial de la humanidad. ¿Por dónde cruza la línea en esa humanidad que “visitamos” y por debajo de la cual el cansancio y el rechazo aparecen inevitablemente? Nuestra cultura nos habituó a unos modales, a la higiene, al sabor de la inteligencia, y cuando estas cosas faltan las relaciones se hacen difíciles, surge un cansancio inevitable al roce de engranajes de distintas proporciones, terminamos por añorar parte de nuestro prístino mundo civilizado.
Una parte importante del mundo sigue un ritmo diferente al que se impone desde esa mismidad de que habla Verdú. ¿En qué consiste ese ritmo? Suena a medioevo, huele a incienso de iglesia, a vegetar, a brutedad. Es deprimente observar a esta gente que ríe por cualquier pamplina, a esta gente que grita las plegarias cuando el autobús atraviesa los collados de las montañas.
Hemos pasado por lugares increíblemente bellos estos días, pero la belleza se esfuma cuando aparecen estos pueblos grandes. El paisaje de hoy fue hermoso y variado.






Kangdian, 13 de agosto

 

Todo el día de viaje, llegamos a las tres de la tarde. Nos asaltan con la oferta de un autobús-cama a Chengdu que sale en unos pocos minutos. El cielo está cubierto, Kangdian, lo poco que vemos, es un espacio encerrado entre las montañas, todo parece pesado y gris: no lo dudamos. Nos embarcamos en otras quince horas de viaje. Definitivamente estas zonas no son lugares de descanso. Esta misma ciudad que apareció de repente en un recodo del valle, que decían unos alemanes que podría servir para descansar, apenas la hemos visto, pero nada, cemento, y cemente  feo; huimos, huimos, esa es la palabra, estos lugares se interponen entre nosotros y el paisaje.





Reseñar que todo el cansancio de ayer tarde había desaparecido hoy a las tres de la mañana. Anoche me quedé dormido enseguida, no pude apenas oír la radio, fue un sueño denso. A las dos y media de la mañana estaba ya despejado. Había una suavidad aterciopelada en el espacio que ocupaba bajo las mantas, mi cuerpo se acurrucó en ella y atravesó un espacio que lindaba entre la ternura y la poesía de San Juan de la Cruz.
El autobús partía a las cuatro de la mañana. A las cuatro de la mañana la calle era una boca de lobo, oscura y solitaria. A las cuatro treinta aparece una pareja de americanos, que se vuelven sobre sus pasos calle adelante después de que alguien les hiciera una indicación. Al rato les seguimos, no se ve nada, en el final de la calle aparece un autobús, lo asaltamos, no, que ese no; nos resistimos a bajarnos, terminamos en la calle, volvemos a la oscuridad. A las cinco menos cuarto aparecen dos potentes faros amarillos, es nuestro autobús. Durante media hora hace tiempo subiendo y bajando por las dos calles principales de Litang.





Kandiang-Chengdu, 14 de agosto


Ayer salimos a las cuatro, que después fueron las cinco y media. Preguntamos a qué hora llegábamos a Chendú y nos dijeron que a las cuatro, cinco de la mañana. A las cinco de la mañana no habíamos recorrido más de cincuenta kilómetros. Paramos en un pueblo a las siente de la tarde y allí nos quedamos. Muy bien porque dormí un sueño de esos en los que uno parece dejar el cansancio acumulado durante semanas. Sólo me desperté siete horas después, cuando arrancaron el autobús. Después me volví a dormir, adormilado vi pasar a ratos un paisaje lleno de niebla y hermosos valles. El autobús debe sortear algunas zonas de desprendimientos, aun así adelantan sin escrúpulos haya o no visibilidad, haya o no espacio. Alguien nos dijo dos días atrás que algunos autobuses han llegado a emplear tres días en hacer este trayecto que son doce horas en condiciones normales. No nos preocupa el asunto, nuestra doble cama de autobús nos parece una cómoda suite cara a la montaña y a la niebla. Hemos desayunado leche con galletas y huevos cocidos, nos hemos cepillados los dientes, hay una música ambiental agradable y nos disponemos a emprender un grato rato de lectura. Maravilla ésta la de no tener prisa, de tener todo el tiempo del mundo para así dar posibilidad a que el autobús se pare todas las veces que quiera.





El ambiente es rigurosamente de invierno de alta montaña. Se oye el río cerca y la niebla rumorea entre los árboles. Mañana de gratas y livianas sensaciones mezcladas con olor a pies; de fuera llega también olor a orines y a bosta.
Pienso en la ruta del oeste, la que nos llevará a Kasghar y Pakistán, me apetece. Tengo también necesidad de largos ratos de lectura.













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