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| Kashgar |
Llegamos, por fin, son cerca de las nueve de la noche, veintiocho horas en total de viaje desde Kandiang. Nos metemos en el primer hotel que encontramos a mano.
Chengdu, 15 de agosto
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| Chengdu |
Maravillas del aire acondicionado. Desde el frescor de la habitación, una mesa frente a la ventana, una fila de rascacielos, un canal. Mi chica prepara el té y lava unas uvas gordas de aspecto apetecible. Encontramos billete directo a Urumqi para pasado mañana, tres días de tren, el desierto de Gobi por medio. Hicimos las compras elementales: camiseta, cuchillas de afeitar, un par de cuadernos para continuar estas notas; comimos, compramos unas pocas uvas y, sudando sudando nos fuimos al hotel: lo dicho: maravillas del aire acondicionado.
Billete para pasado mañana, así que dos días de descanso en esta neblinosa ciudad en donde parece reinar una vida cotidiana tranquila y sosegada. Después de nuevo el tren, hard sleeper, rumbo al oeste.
Chengdú, 16 de agosto
Once de la mañana, sentado bajo la ventana, la ciudad neblinosa enfrente, el canal achocolatado, el tráfico, el aire acondicionado emitiendo un siseo tranquilo. Todo está cosido y atado. Hemos organizado todo nuestro trayecto hasta Delhi. Nada que hacer, leer, pasear, subirse al tren y ser llevados de una parte a otra del país por ese invento secular que es el tren.
Neblinosa mañana de otoño, sueño reparador, músculos relajados, libros sobre la mesa, diccionario, guías. En esto para tener la paciencia suficiente para ralentizar el viaje y organizar unas cuantas horas en torno a los libros, en torno al reposo de las experiencias recientes. Como siempre la alternancia de los cometidos, de las pasiones, de los proyectos con la calma tranquila del agua y la niebla, dan textura y urdimbre al paso de los días.
Llevamos ya casi cincuenta días de viaje; si no hubiéramos conseguido un prolongación de nuestras vacaciones, teóricamente deberíamos empezar a trabajar en menos de dos semanas (¡horror!). El viaje genera nuevas expectativas según va avanzando; me hace ilusión ese recorrido que pintamos el otro día en nuestra imaginación: Irán, Siria, Jordania (Petra), Georgia, Ucrania, Rumania, y quizás, quizás un vuelo a Cork para visitar a Guillermo. Cuando salíamos de Madrid la meta más atrayente era China, lo más lejano ahora, ya en China, también atrayente, es un Oriente Medio que poco a poco se irá acercando al invierno mientras nosotros nos dirigimos a él. Viajes dilatados que incluyen el tránsito de las estaciones, de los fríos, de los calores, de lo alto, de las grandes montañas de Asia, de lo bajo, del trópico, de Bangladesh.
El camino que nos queda es un hermoso recorrido de tierras y culturas. Tiempo de estudio, tiempo de comprensión del mundo, de sus gentes, proceso de integración cultural y biológica con todos los hombres y mujeres que organizan sus vidas en este múltiple, laberíntico y hermoso planeta.
La tierra se hace cada vez más accesible y comprensible.
Chengdú-Urumqi, primer día, 17 de agosto
El tren zigzaguea casi todo el día elevándose por un largo y estrecho valle. El río, marrón, describe continuos meandros, el bosque sube hasta las cumbres, agudas y agrestes, casi siempre. Las literas altas impiden sentarse, pasamos el día en el pasillo.
Cercanías de Wuwei, segundo día, 18 de agosto
De las montañas y los bosques pasamos durante la noche al desierto. Atravesamos por la mañana los meandros del río Amarillo. Ahora el paisaje es de dunas y matojos de arbustos dispersos en la arena. Esperamos ver las estribaciones de Qilian Shan. La temperatura ha bajado.
Urumqi, 20 de agosto
Esta mañana descubrimos que nuestra ignorancia es más grande de lo que siempre hemos pensado; uno piensa en estas remotas tierras como tierras de gente primitiva, alejada de los tiempos que vivimos y de golpe uno entra en un museo y descubre que cuando nosotros todavía llevábamos casi plumas en la cabeza la población de esta parte de Asia tenía ya una cultura muy avanzada; sí, en el culo el mundo, en uno de esos sitios que cuando uno mira el mapa se piensa que no debe haber ni un gato. Nos falta mucho por aprender, tenemos la certeza de estar en lugares recónditos, pero lo que ahora hay que averiguar si lo recóndito es lo de ellos o lo nuestro. Conceptos siempre relativos desde nuestra concepción del mundo adquirida en un pequeño rincón de occidente. Cualquier nombre de esos que suenan lejanamente, montes Altai, por ejemplo, en los límites con Rusia, es un espléndido paraíso de montañas y glaciares; o los desiertos, o las culturas diferentes que se cruzan en esta encrucijada de Urumqi: kazacos, urguises, kizguires, hans, tártaros, turcos, árabes... Las calles de Urumqi son un espléndido ejemplo de esta mezcolanza étnica: chiringuitos, mezquitas, puestos y comidas de todo tipo, ropa, trajes, mujeres árabes tapadas hasta los ojos junto con las hans en minifalda. Nos habían prometido una horrible ciudad de hormigón y polvo y nos encontramos con una magnifica urbe, organizada, pintoresca y en pleno desarrollo (todas las grandes ciudades chinas son un hervidero de fiebre constructora, siempre grandes rascacielos creciendo como flores sobre un prado verde). Llegamos, además, por el camino más propio, el desierto, el desierto de Gobi, una enorme extensión de tierra de nadie donde apenas aflora el agua, pero que casi siempre está rodeada por altas y secas montañas.
Quisimos hacer alguna parada intermedia para ver uno de los lugares más conocidos en China por sus restos pictóricos, las cuevas de Dunhuang, pero echamos cuentas con los dedos para ver el tiempo que nos quedaba para encontrarnos en Delhi con Lucía y Quique y no había tiempo, decidimos no bajarnos del tren. Mañana hacemos una excursión por los alrededores —los lagos del Cielo, de Tianchi— y pasado mañana cogemos el bus (sleeping-bus) para Kasghar, la ultima ciudad antes de la frontera chino-pakistaní, el famoso paso de Kunjerab. Urumqi, 21 de agosto
El día en Tianchi (chi=lago; Tian= celestial, cielo). Ida y vuelta, miles de chinos por todos los lados. Mi biorritmo me indicó que hoy era día de dormir, nada de paseos, nada de marchas; así que comimos algo y me sumí en esa corriente poderosa que tiraba de mí hacia el sueño. Junto al Lago Celestial me fabriqué una almohada, calcé el culo con una bota, estiré las piernas... Los glaciares, los bosques y la multitud de turistas se fueron borrando de mi conciencia en medio de un placentero sopor de siesta.ç
Puedo recordar otras ocasiones así en los últimos tiempos, la más viva hace cuatro años en una estación de tren en Hungría. Un sopor, una inaplazable necesidad de tumbarme y dormir se apodera de mí en esas ocasiones. No me importa el lugar, el frío o el calor, el sueño es dueño y señor al que debo entregarme en ese momento sin dilación porque de lo contrario se me doblarían las piernas y me desplomaría sobre el suelo.
No sé que altitud tienen estas montañas, pero mucha, mucha. Cuando nos alejamos se ve un bello farallón que me recordaba los Grandes Jorasses del Macizo del Mont Blanc, eran las montañas de Tianshan. Una pared norte impresionante preside los espolones centrales; luego, al oeste y este, las montañas van diluyéndose y quedándose sin nieve hasta acabar desnudas y perdidas en múltiples estribaciones peladas, como parias del desierto que perdieran los atributos de la altura con los años. Todo termina muriéndose en el desierto desnudo.
Urumqi, 22 de agosto
La muerte de Men Fen en La Familia. Los estamentos familiares ante dolores de la ocasión, su madre aporreando el ataúd. Ello me recuerda a mi padre en los sembrados de Serranillos gritando que sacaran el cadáver de mi madre del ataúd. Mi padre ciego. La impresión de que desde el pasado otoño tengo un padre diferente, desapareció aquel individuo que yo veía dormir en el cuarto de estar junto a mi madre, iluminado por una débil luz que permanecía prendida toda la noche, viejo, decrépito, sin dentadura. Se me hace difícil su imagen presente con la de hace dos años. Su aspecto de ciego ocupa todo el ancho de la pantalla de mi recuerdo. En cierta manera no deja de ser un ser lejano para mí. Curiosa y descarnada relación. Triste. Es el fracaso de una relación familiar a la que sólo sostienen débiles vínculos.
La familia nos salvaguarda de la intemperie, la individualidad termina refugiándose en sus brazos tarde o temprano. Pero cuando el mecanismo no funciona es una desgracia, los lazos, los afectos, son mal sustituidos por obligaciones, queda descarnado y al descubierto el carácter individual y aislado de nuestra existencia. Los formalismos no bastan a esconder ese aspecto de las relaciones, los intereses mutuos, el afecto, se desvanecen.
La soledad de los muertos, pero sobre todo la soledad de mi madre en medio del campo, una tierra apenas un esbozo de cementerio. Fuimos una tarde los cinco, todo permanecía solitario, en el mayor abandono; los campos estaban agradablemente verdes y la brisa ondulaba la cebada.
Hora de salida del autobús, las cinco. Son las nueve de la noche, parece que nos vamos a poner en marcha de un momento a otro. Proverbial la paciencia y docilidad de los chinos.
Mientras esperamos la partida salgo a comprar algunas viandas en un concurrido mercado junto al aparcamiento. En el batiburrillo del gentío, mientras recojo unas manzanas que he comprado, noto un ligero roce en mi bolsillo derecho, me vuelvo rápidamente y me encuentro la cara de un individuo que sostiene unas largas pinzas en cuyo extremo están apresados unos cuantos billetes que un segundo antes reposaban en mi bolsillo. Fue instintivo, le solté una bofetada, tomé los billetes. La gente no se inmutó demasiado, uno de sus colegas me hizo frente con la mirada, se la sostuve desafiante, comprendí vagamente que no podía seguir adelante, una tenue sensación de peligro me retuvo.
Camino de Kashgar, 23 de agosto
Estoy junto a un anciano de largas barbas, un uigur musulmán. He intentado hacerle una foto pero me dice amablemente que no. Enfrente dos turcos de camisa blanca hacen de marco para un retrato de un tercero situado unos metros más allá tocado con una gorra de esa que llevaban los inmigrantes americanos del principios de siglo: ¡lástima!, si saco la cámara seguro que se me desbarata la foto.
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| Esperando en el vado a que autobuses o automóviles queden enfangados. Ellos los sacarán del río por algún dinero |
Kashgar, 24 de agosto
Llegamos tras cuarenta horas de autobús. Continúa aquí el ambiente neblinoso del camino. Comemos con apetito en un chiringuito árabe: pinchos de carne de cordero, pan, té a discreción y dos platos de melón: ciento treinta pesetas.
Hay una luz muy propia para salir por ahí a fotografiar: la calle, la mezquita, el mercado. El autobús sale mañana a las diez. Nos metemos en un cafenet. Recogemos tres mensajes: el vuelo de Mario sufre retrasos, espera; en Irlanda llueve; Lucía está pendiente de los exámenes.
Vuelven hoy las reflexiones en torno a mi madre. Descubrimos el tema de la vejez allá por los cuarenta, cuando tan claramente empezamos a ver problemas que hasta entonces sólo en teoría habíamos tenido en cuenta. Nos dimos cuenta de que poco a poco nos estábamos preparando para ser abuelos, que la juventud no era tan ilimitada como aparecía diez años atrás. Después se fueron sumando otros asuntos de mayor o menor grado, nos vimos más en esa edad que tienen ahora los abuelos, entendimos más plenamente problemas que hoy se van aproximando en la misma medida en que nuestros hijos van obteniendo una autonomía definitiva. El tránsito de las generaciones vuelve a dar luz sobre los problemas globales de la vida. Se trata de no perder definitivamente la oportunidad de comprender; comprender no necesariamente desde un punto de vista racionalizador, comprender más como una aproximación empática al otro, a los problemas y a las circunstancias que tienen una manera de verse y apreciarse y sentirse muy diferente en función de cómo ejerzamos esa percepción o acercamiento.
¡Que tengamos que aprender tan lentamente! ¡Que sea necesario que transcurra medio siglo para que la edad nos posibilite refrescar conceptos tan simples...!
Cercanías de Kashgar. Camino de Sost, 25 de agosto
Salíamos a las diez, luego fueron las doce. Arrancamos a las doce y media y diez minutos después volvemos a parar: el río se ha llevado parte de la base de un puente. Ahora ya llevamos seis horas parados. Los obreros construyen jaulas de alambre para los bloque rodados que sustentará de nuevo la base del dique.
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| Paso de Kunjerab |





























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